uno sólo conserva lo que no amarra









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domingo, 29 de junio de 2014

Mis líneas las leía una sola persona, y así será por siempre.

Esta ternura, 
tan amarga de esperar,
tan urgente de dar.
Ingenua como ninguna, ésta, mi ternura.
Sin hueco en que posar
golpea,
quiere entrar.

Mr

1 comentario:

  1. Noches.

    Diez para las doce. Es una buena hora, espero que me ayude a lograr esto.
    Te decía hace rato que más hace rato ya había escrito. Si no era algo muy bello sí había sido hecho con muchas ganas, porque eran unas ganas contenidas. Recuerdo lo siguiente:
    Este querer no querer querer.
    Acaso el párrafo que contenía la línea anterior era el único importante. Quizá por eso lo recuerdo. También te platicaba de los sueños que tuve anoche (uno sobre un submarino, uno sobre una boda en casa (?) de la familia de una de mis primas). Te platicaba que anoche llegué cansado y empapado y con ganas de escribirte. Te platicaba que me quedé dormido, hasta las dos de la mañana, cuando, previsiblemente, me despertó el frío; y que, a esa hora, me levanté tambaleante, subí por un vaso de agua, y regresé a seguir durmiendo. También te explicaba, en un gran paréntesis, por qué digo que subo cada vez que menciono que voy por víveres (es sencillo: la cocina está allá arriba).
    Este querer no querer querer.
    Uno no se anima pero se atreve (también recuerdo haber escrito eso). Uno viene aquí (de hecho era allá, en la entrada con el cover de Quedándote), cuando lo que en verdad quiere es responder, pero uno es tonto (eso decía), uno no sabe responder, porque no sabe si será una respuesta o el tanteo de un ciego, uno no se anima pero se atreve. Cómo quiero escribir ternura, cómo impele decir hamaca (esto lo recuerdo cabal: ahí terminaba mi mensaje, con una fuerza que estoy seguro aquí no se encuentra).

    Hace rato (hace un gran rato: días) no pude contestar en los versos. Uno teme. O más bien (y qué carajos): soy muy tonto y no sé leer(te), no se admitirme emocionado, no sé entender. Pensar que quizá no hay nada que entender es lo que me hace decir temor. Uno teme, yo temo, pero puede no importarme y, a veces, como ahora, digo y digo, no importa qué (nunca sé qué), pero digo, y esto me salva un poco.

    Me acuerdo de cómo empezaba mi mensaje. Decía:
    Acabo de recordar que estoy nervioso (o que tengo motivos para estarlo –no importa lo mucho que esa palabra no me guste–).
    Después de eso me solté hablando de lo que había soñado, de cómo no quise escribirte a las dos cuarenta a eme, para no agarrarme hablando de mi sueño lúcido con el submarino. También te había escrito que pensé, al despertarme, que me había pasado lo que a Charlie Mears, a finales de mil ochocientos (y tampoco en el primer mensaje explicaba quién es Charlie Mears).

    Recuerdo que me enojé mucho por perder todo lo que había escrito. Luego de contarte ese coraje, en breves líneas que no tengo idea si ya habrás visto, me subí a comer. Había tesmole de flor de calabaza, y quesadillas con flor de calabaza. Comí mucho de ambos platos. Luego bajé, y como tenía frío me tapé con una cobija, y como tenía sueño me quedé dormido. Me desperté a la hora justa para empezar a trabajar, y así se me fueron nueve horas. Llegué hace rato, con ganas de escribir esto, pero me quedé cenando y conversando un poco con mi familia. Ya se cumplió media hora de que estoy aquí. Hoy no me mojé.
    (En el mensaje anterior te platiqué cómo ayer me empapé atrozmente, y cómo ayer mismo, pero más temprano, fui a entregar el tercer cuento de los que aquella vez te platiqué. Nunca encontré un buen epígrafe para este último, creo que no le hace falta.)

    Recordé que tengo motivos para estar nervioso (eso decía) pero los olvido, un poco voluntariamente, y otro poco porque no son la gran cosa. Excepto este querer no querer querer, que me tiene aquí escribiendo: este empuje que no sé serenar de otra manera. Cómo quiero escribir ternura, cómo impele decir hamaca. Hace tantos días. Hace tantísimo tiempo.
    Así decía, y dice.



    leha


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