La puerta de mi cuarto-la bodega está abierta. Entra el frío. Hace un par de años (o quizá hace tres) escribí algo similar a lo que sigue: veo bultos de harina, de azúcar, y medio saco de ajonjolí; cajas y cajas de margarina y mantequilla, tres cajas de huevo, un galón de aceite, una caja de cobertura de chocolate (o, lo que es lo mismo: una caja de falso chocolate). Veo un calendario, un avión de Lego en el que predominan las piezas rojas, un clavel marchito y cinco por tres pétalos de bugambilia que ya no parecen flores sino un artificio fucsia de papel de china.
Voy a la calle, espero no demorar. Cuando vuelva te digo a dónde fui. Doce menos siete.
Doce y doce. Había ido por comida, me la traje para comerla aquí. Ya casi se termina. La señora (ignoro su nombre, aunque es mi vecina hace años) me preguntó, detrás de su comal (un comal es una plancha: debajo de ella arden llamitas que forman azules círculos de uniforme corona oscilando del amarillo al rojo) si la quería para comer allí o para llevar.
Para llevar, por favor. Sí, cómo no, ya va.
Había ido antes; antes de comenzar a escribirte. (Este viejo no se cansa) (La comida ya se terminó) (Mi amor no te hablo paja) (Estoy distraído oyendo, e intentando cantar un poco). Cuando comencé aquí, ya sabía que tenía que regresar, en unos minutos, por lo que había encargado. La señora tenía gente y no ayudante (a veces veo a su hija con ella, ayudándola a cobrar, a servir lo que termina de cocerse), por eso la dejé con mi pedido y con el de la demás gente. Están en la calle de allá atrás, paralela a esta. Harán cien pasos de aquí a allá. Estando allí, de vuelta, esperando lo que pedí, supe que no intentaría contarte mi comida, porque no tengo modo de hacerlo sin extenderme mucho, platicando el proceso del maíz, de la masa, de su relleno y sus aditamentos; sus humores durante la cocción y el color preciso al finalizar esta. La salsa. Por eso renuncio a contarte mi comida. Ahora ha desaparecido y sólo me queda una caricia que son las ganas de tumbarme y de dormir un poco, porque mañana mi tío me echará un grito encima similar a este:
¡Lalo, ahí está tu canasto!
Y tendré que salir a vender pan. No será tan temprano, pero yo querré quedarme un rato más. No tendré ganas de abrir los ojos, ni de calzarme, ni de calzar en nadie llevándole pan hasta la puerta de su casa. Blasfemaré un poco, es seguro, pero al final saldré y acabaré con todo el pan en menos de una hora, y probablemente desayunaré algo con alguno de mis clientes, y volveré corriendo, entre aburrido y feliz y un poco absurdo de haberme dormido tan de malas y salido de igual modo si sé qué siempre acabo en corto (en breve, de volada, en chinga, en fá, en un tris), y siempre (o casi) llego a dormirme un rato más, muy contento en medio de esa sensación del deber cumplido.
Hoy, último sábado del mes, hubo, aparte de la sesión de Quijote (instaurada hace tres semanas), una edición más del Supersábado Musical. No sé por qué Daniel me eligió para poner el primer disco de la tarde. Adivinarás qué álbum puse. A todos les gustó bastante; Pez ya lo conocía. Hoy no llovió en la ciudad, pero mis tíos me dijeron que, acá por la casa, hizo un calor de los mil diablos. En El Pozo estuvo nublado todo el rato. Desde hace unos minutos estornudo como si fuera a darme un resfriado. Ya te diré en qué acaba.
Recién me acomete el sueño. No sé si esté bien escrito eso, pero así vino. Me acaba de acometer el sueño. Ya me dio sueño. Tengo sueñito, me está abordando. Hoy no vi a Irving, ya hablaré con él. El otro día me equivoqué y puse: el taller del miércoles. Es tonto porque (me parece) te escribía el miércoles de los sucesos del día pasado: martes. No tengo taller alguno el día miércoles, así que en la esquela anterior, o en la anterior a esa (ya no recuerdo), donde dice miércoles debe decir martes. Hoy Alfredo me obsequió un ejemplar de las Novelas Ejemplares. He vuelto a estornudar.
Noches.
ResponderEliminarLa puerta de mi cuarto-la bodega está abierta. Entra el frío. Hace un par de años (o quizá hace tres) escribí algo similar a lo que sigue: veo bultos de harina, de azúcar, y medio saco de ajonjolí; cajas y cajas de margarina y mantequilla, tres cajas de huevo, un galón de aceite, una caja de cobertura de chocolate (o, lo que es lo mismo: una caja de falso chocolate). Veo un calendario, un avión de Lego en el que predominan las piezas rojas, un clavel marchito y cinco por tres pétalos de bugambilia que ya no parecen flores sino un artificio fucsia de papel de china.
Voy a la calle, espero no demorar. Cuando vuelva te digo a dónde fui. Doce menos siete.
Doce y doce. Había ido por comida, me la traje para comerla aquí. Ya casi se termina. La señora (ignoro su nombre, aunque es mi vecina hace años) me preguntó, detrás de su comal (un comal es una plancha: debajo de ella arden llamitas que forman azules círculos de uniforme corona oscilando del amarillo al rojo) si la quería para comer allí o para llevar.
Para llevar, por favor.
Sí, cómo no, ya va.
Había ido antes; antes de comenzar a escribirte.
(Este viejo no se cansa) (La comida ya se terminó)
(Mi amor no te hablo paja) (Estoy distraído oyendo, e intentando cantar un poco). Cuando comencé aquí, ya sabía que tenía que regresar, en unos minutos, por lo que había encargado. La señora tenía gente y no ayudante (a veces veo a su hija con ella, ayudándola a cobrar, a servir lo que termina de cocerse), por eso la dejé con mi pedido y con el de la demás gente. Están en la calle de allá atrás, paralela a esta. Harán cien pasos de aquí a allá.
Estando allí, de vuelta, esperando lo que pedí, supe que no intentaría contarte mi comida, porque no tengo modo de hacerlo sin extenderme mucho, platicando el proceso del maíz, de la masa, de su relleno y sus aditamentos; sus humores durante la cocción y el color preciso al finalizar esta. La salsa. Por eso renuncio a contarte mi comida. Ahora ha desaparecido y sólo me queda una caricia que son las ganas de tumbarme y de dormir un poco, porque mañana mi tío me echará un grito encima similar a este:
¡Lalo, ahí está tu canasto!
Y tendré que salir a vender pan. No será tan temprano, pero yo querré quedarme un rato más. No tendré ganas de abrir los ojos, ni de calzarme, ni de calzar en nadie llevándole pan hasta la puerta de su casa. Blasfemaré un poco, es seguro, pero al final saldré y acabaré con todo el pan en menos de una hora, y probablemente desayunaré algo con alguno de mis clientes, y volveré corriendo, entre aburrido y feliz y un poco absurdo de haberme dormido tan de malas y salido de igual modo si sé qué siempre acabo en corto (en breve, de volada, en chinga, en fá, en un tris), y siempre (o casi) llego a dormirme un rato más, muy contento en medio de esa sensación del deber cumplido.
Hoy, último sábado del mes, hubo, aparte de la sesión de Quijote (instaurada hace tres semanas), una edición más del Supersábado Musical. No sé por qué Daniel me eligió para poner el primer disco de la tarde. Adivinarás qué álbum puse. A todos les gustó bastante; Pez ya lo conocía. Hoy no llovió en la ciudad, pero mis tíos me dijeron que, acá por la casa, hizo un calor de los mil diablos. En El Pozo estuvo nublado todo el rato. Desde hace unos minutos estornudo como si fuera a darme un resfriado. Ya te diré en qué acaba.
Recién me acomete el sueño. No sé si esté bien escrito eso, pero así vino. Me acaba de acometer el sueño. Ya me dio sueño. Tengo sueñito, me está abordando. Hoy no vi a Irving, ya hablaré con él.
El otro día me equivoqué y puse: el taller del miércoles. Es tonto porque (me parece) te escribía el miércoles de los sucesos del día pasado: martes. No tengo taller alguno el día miércoles, así que en la esquela anterior, o en la anterior a esa (ya no recuerdo), donde dice miércoles debe decir martes. Hoy Alfredo me obsequió un ejemplar de las Novelas Ejemplares. He vuelto a estornudar.
Que descanses.
leha