uno sólo conserva lo que no amarra









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sábado, 30 de agosto de 2014

Caminos del espejo



I
Y sobre todo mirar con inocencia. Como si no pasara nada, lo cual es cierto.

II
Pero a ti quiero mirarte hasta que tu rostro se aleje de mi miedo como un pájaro del borde
filoso de la noche.

III
Como una niña de tiza rosada en un muro muy viejo súbitamente borrada por la lluvia.

IV
Como cuando se abre una flor y revela el corazón que no tiene.

V
Todos los gestos de mi cuerpo y de mi voz para hacer de mí la ofrenda, el ramo que abandona
el viento en el umbral.

VI
Cubre la memoria de tu cara con la máscara de la que serás y asusta a la niña que fuiste.

VII
La noche de los dos se dispersó con la niebla. Es la estación de los alimentos fríos.

VIII
Y la sed, mi memoria es de la sed, yo abajo, en el fondo, en el pozo, yo bebía, recuerdo.

IX
Caer como un animal herido en el lugar que iba a ser de revelaciones.

X
Como quien no quiere la cosa. Ninguna cosa. Boca cosida. Párpados cosidos. Me olvidé.
Adentro el viento. Todo cerrado y el viento adentro.

XI
Al negro sol del silencio las palabras se doraban.

XII
Pero el silencio es cierto. Por eso escribo. Estoy sola y escribo. No, no estoy sola.
Hay alguien aquí que tiembla.

XIII
Aun si digo sol y luna y estrella me refiero a cosas que me suceden. ¿Y qué deseaba yo?
Deseaba un silencio perfecto.
Por eso hablo.

XIV
La noche tiene la forma de un grito de lobo.

XV
Delicia de perderse en la imagen presentida. Yo me levanté de mi cadáver, yo fui en busca de quien soy.
Peregrina de mí, he ido hacia la que duerme en un país al viento.



A. Pizarnik

3 comentarios:

  1. No no no, es casi increíble. Verás: no había querido dejar aquí en Pizarnik algo que no fuera así de grande, pero abrí el libro al azar, como no pensé que resultaría, y ¡zaz! (¡tómala!, decimos aquí, o yo digo, junto con un puñado de gente que cada día se hace menos), ahí está el poema que yo no decidí que estaría: el primero que vi al abrir el volumen, un poema largo y terrible que leeré por primera vez mientras lo transcribo para vos.


    LA CORONA DE HIERRO

    Yo podría también en este umbral, junto a la precaria armadura de tu olvido,
    enumerar los hechos construidos y destruidos por el amor;
    yo podría si alguno de los dos lo quisiera, si alguno de los dos mirara hacia ese sitio,
    en el remoto estallido de algún verano,
    en el arco de un día de serpientes, en la claridad de una convalecencia gozosa
    en el reflejo de una tarde abandonada en el túnel de lo que no pude decir,
    y esta enumeración inventora de frutos y luces de guerra, donde el corazón ennegrecido chisporrotea
    igual que una hoguera en el invierno luce en el pecho
    como un coral amargo.

    Yo podría tal vez en otros vestigios
    en otros vendajes donde la herida haya sido apagada,
    en la historia de tus ojos donde el abismo vuele a ser la florecilla silvestre
    de los días de la infancia;
    yo podría, te digo, enumerar aquí esos hechos
    y también aquellas tardanzas que las lluvias de octubre practicaron en mi pecho,
    esa humedad de lo muerto que a veces no comprendemos
    y cuyo olor impregna nuestra alma de sumisa nostalgia.
    Podría entonces con mis carencias de mar,
    con mi máscara que no fue tallada en ningún taller audaz del alma,
    caminar por esos actos que tú y yo transcurrimos, que tú y yo hicimos pasar.

    Ninguna otra fuerza entonces, ninguna otra religión que alimentar con esa cierta placidez del desamparo
    por esa libertad congénita ante la enfermedad de los dioses;
    sólo esas palabras con su aire de carne, son su bosque de sangre,
    con sus extrañas colindancias con el hierro,
    enumeradas al borde del mundo por aquellos que deciden partir
    y extraviar la semejanza se su lenguaje con el lenguaje de los poseedores de su ciudad.

    Aún entonces tal vez, y siendo así no lo supimos, cuando la noche, ella misma,
    puso en las sienes de la ciudad la antigua corona
    y la soledad era un perrillo faldero que la mía las manos de sus dueños, y los astros, más acá de su lejanía, retocaban el olvido de los hombres
    y todos se acomodaban en sus propias estatuas
    para describirse a sí mismos aquello que llamaban
    sus incertidumbres.

    Ésa sería la súplica y el desdén, tu tierno ademán,
    el autobús donde no consigues escaparate,
    la habitación donde no consigues la paz,
    el libro que no te regresa la antigua pasión, el rojo descubrimiento;
    ése sería el nuevo encuentro, la antigua manera de comenzar, de devolvernos;
    tu cuerpo desnudo envuelto por la penumbra de la cortina como por una desnudez más amorosa aún y más imposible,
    la aparición del mar en la mano que lleva la caricia como una lámpara,
    todo lo que al besar un cuerpo nos incumbe;
    tus senos donde la blancura enciende sus primeras señales,
    tu vientre donde la oscuridad alumbra mis manos,
    tus cabellos de día de lluvia, tus ojos de anochecer sobre edificios y sobre las cúpulas,
    mientras bajamos los escalones del deseo escuchando el golpe del viento en las más alta ventanas,
    y en todos los sitios donde la noche enciende los cuerpos enlazados
    cono antiguos y eternos sistemas de navegación.

    Y toda tú caída de tus ojos, parte de ti caída de tu alma,
    sin súplica elocuente,
    herida por el beso que te reconoce y le alza, te desordena y te copia en todos los modos del amanecer,
    entraste en ese rumor, en esa sombra que me envolvía
    lejos de aquellas costas donde el olvido y el mar alzan la noche
    y la palidez de las manos da a lo acariciado un atavío remoto que no alcanzamos nunca.

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  2. Vasto conocimiento y vasta ignorancia;
    en la noche de esa mirada, en la ciudad oculta por las uñas de sus habitantes,
    por el cansancio de sus desórdenes y la prisa de sus incertidumbres,
    ¿qué otra palabra, qué otra caricia
    donde el coro de las antiguas sirenas saque a relucir los gestos de nuestra infancia caída,
    de nuestra anciana infancia a la sombra implacable del mar?

    Sí, yo tal vez pude decírtelo, tú pudiste tal vez escucharlo,
    o tal vez soltando la cortina que te envolvía, alzando los hombros
    o tarareando una canción que no recordabas bien, caminaste,
    cruzaste frente a mí o hablaste mientras te vestías en la otra habitación,
    diciéndome: "Está bien, está bien, ¿pero estamos seguros de algo?

    Y esa seguridad que me hubiera gustado invocar,
    esas constancias de las que tu cuerpo quizá guarda memoria,
    o esos momentos en que yo despertaba y aún con los ojos cerrados, heridos por el sol,
    repetía como tú: "¿Pero era seguro? ¿Pero era verdad?"
    Y recordaba tu sonrisa que mezclaba la noche con el alma más íntimamente que lo oscuro,
    y combatía con ese además estricto del vacío,
    con la pereza del desconsuelo que casi era el alivio,
    la sordera final, la calle en silencio.

    Y fue así como todo fue cumplido, como no debiste preguntarme;
    fue así como se hizo innecesario responderte
    cuando ya no queda otra alabanza, ningún otro sonrojo, ninguna otra adversidad,
    ningún otro olvido,
    que aquellos que establecen nuestros propios silencios.

    Así se ha cumplido todo,
    y ahora en este sitio
    somos discípulos de esta noche milenaria y confusa,
    de esta música atroz, de esta ciudad, de estas palabras donde es necesario dejarte y dejarme.
    Alimentados por el pan cautivo y la leche cautiva
    aquí recordamos y olvidamos, aquí nuestros ojos cambian de ojos,
    aquí entregamos el sueño.

    ...y por las calles de la ciudad el invierno se yergue
    como un guerrero blanco.


    J. C. Becerra, 'Relación de los hechos, II. Apariciones', 1967.



    Y así es como transcribir un poema, que aparentaba ser un juego de niños, se torna fatiga, lucidez y un como sentir que se está soñando desde hace un cuarto de hora. ¿Ves por que no quería dejar hablar a este hombre? Me dan ganas de permanecer despierto sólo para ver lo que dialoga Becerra con Pizarnik, pero ya es bastante noche y mañana hay taller de los martes, es decir hay Irving y Ros, y quizá, con un poco de suerte, pizza y una cerveza y buenos textos en el taller. Noches.



    leha

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  3. Buenas noches, estaba leyendo lo allí arriba, ese combate contra el tiempo y no sé qué otros espejos ancestrales, cuando tropecé con algo que, en efecto, resultó ser una errata; se encuentra el verso anterior al antepenúltimo. Donde dice: "y combatía con ese además estricto del vacío" debe decir: "y combatía con ese ademán estricto del vacío".
    Me alegra haber notado la falta, en apenas esta segunda lectura, por el hecho de que me sobresaltó —a mí, pésimo lector de poesía— un suceso extraño en el poema que, felizmente, no era más que una falla en la transcripción.

    Me parece estar en lo correcto al imaginar que Irving (o cualquier otro, si se quiere) podría objetar, si no a mi felicidad por el descubrimiento, sí a la simpleza de su origen, el hecho de que el error en el poema era algo más que evidente; a lo que respondería, sobre todo a Irving (aunque si él hubiera señalado lo anterior no habría necesidad de explicar lo que sigue), que, de manera manifiesta, yo no sé leer poesía, lo cual justifica, a mi juicio, mi alegría por el mínimo —y excepcional— hallazgo que propició esta nota.


    leha

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