uno sólo conserva lo que no amarra









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miércoles, 3 de septiembre de 2014

Mujer, mujer
que miras y no ves
qué cegada está esta noche,
qué obstruido está el camino,
te asombras del silencio,
pero no sientes tristeza.

Mujer, mujer
tú que fías a la distancia
esta cercana lejanía
sin mancillar la ilusión,
cuando entreabras tus ojos dulces e inocentes
cuando tu boca se humedezca del sabor de lo real
¿a dónde irá esta magia? ¿dónde se disipara tu luz?

Mr

2 comentarios:

  1. ENCUENTRO

    Estas duras colinas que hicieron mi cuerpo
    y lo sacuden con tantos recuerdos, me mostraron el prodigio
    de aquélla, que ignora que la vivo sin poder entenderla.

    La encontré una noche; una mancha más clara
    bajo estrellas ambiguas, en la oscuridad del verano.
    Había alrededor la fragancia de estas colinas,
    más profunda que la sombra, y de pronto sonó,
    como si saliera de estas colinas, una voz limpia
    y áspera a la vez, una voz de tiempos perdidos.

    Ocasionalmente la veo, viviendo delante de mí,
    definida, inmutable, como un recuerdo.
    Nunca he podido aferrarla; su realidad
    me rehuye siempre y me distancia.
    Si es bella, no lo sé. Es joven entre las mujeres:
    pienso en ella y me sorprende un lejano recuerdo
    de mi infancia vivida en estas colinas;
    tan joven es. Es como la madrugada Lleva en sus ojos
    todos los cielos lejanos de aquellas madrugadas remotas.
    Y tiene en los ojos un firme propósito: la luz más limpia
    que jamás tuvo el alba sobre estas colinas.

    La he creado desde el fondo de las cosas
    que me son queridas, y no logro entenderla.


    C. Pavese, 1932.

    Trad. de Guillermo F.

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  2. Hola, Mai

    Hoy tuve un sueño horrible: por real, por imposible, por irrevocable. Desperté y tuve que decir en voz alta: no es cierto. Me levanté, con los ojos todavía heridos de luz, y tuve que repetir: no es cierto. Tenía sed, subí por un vaso con agua; piernas y brazos aún me parecían ajenos, me sentía como aprendiendo a manejarlos; pude beber el agua, posé el vaso en la mesa grande del comedor. Como no lo soltaba, entendí que, también a mi, la mesa me estaba sosteniendo. Sentí el paladar ya no tan seco, y en el cuarto resonaron las siguientes palabras: no es cierto.

    Había el metro (el subte), la estación Guelatao (es la única que recuerdo cabalmente), una especie de estación Juárez, un padre que no era el suyo (la sombra de ese padre, que creo intuir de que quien era), un hombre viejo que preguntaba por la farmacia (yo le señalaba una que estaba allí enfrente, pero sabía que el viejo no buscaba esa; aún así salió corriendo, saltando grandes escalones y pequeños muros, y sólo a mi me sorprendía que un viejo tan viejo pudiera ser tan ágil), estaba yo, una ciudad que no existe, un valor que no poseo (que nunca tuve), una despedida (que nunca hubo), una explicación y un atraso, un acompañar poco antes de la media noche, un chico al que ayudaba a abrir las puertas del vagón para que pudiera entrar, pues lo intentaba inútilmente y el subte ya iba en marcha. Yo besaba una nuca, y la piel que sentía en los labios era una piel extraña, de grandes poros, y aunque pensaba en eso no me detenía, hasta que me detenían. Hubo unas palabras como: ya basta, o, hasta ahí, o, no más, o, detente; y todas ellas, o cualesquiera que fuesen las palabras empleadas, referían a que no siguiera con eso, por favor, que ya era tarde y no había marcha atrás.

    Tengo hambre, Mai, iré a preparar algo de comer, luego tal vez venga y transcriba un gran Becerra, uno grande que no cabrá en un sólo 'comentario', blogspot me dirá: el límite son cuatromil y tantos caracteres; yo obedeceré, partiré el mensaje, el gran mensaje de Becerra que escribiera hace cuarenta y pico de años sólo para que en estos días de hielo y luz te llegara, justo a tiempo, a través de este lejano urdidor de miedos.


    leha

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