uno sólo conserva lo que no amarra









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miércoles, 13 de agosto de 2014

ÉPICA

Me duele esta ciudad,
me duele esta ciudad cuyo progreso se me viene encima
como un muerto invencible,
como las espaldas de la eternidad dormida sobre cada una de mis pre-[guntas.
Me duelen todos ustedes que tienen por hombro izquierdo una lágrima,
ese llanto es una aventura fatigada,
una mala razón para exhibir las mejillas.

En estas palabras hay un poco de polvo egipcio,
hay unas cuantas vendas, hay un olor de pirámides adormecidas en el al-[godón del pasado,
y hay también esa nostalgia que nos invade en ciertas tardes,
cuando la lluvia se enreda en nuestro corazón como los cabellos húmedos [y largos
de una mujer desconocida.

Estuve atento a la edificación de los templos, al trazo de las grandes ave-[nidas,
a la proclamación de los hospitales, a la frase secreta de los enfermos,
vi morir los antiguos guerreros,
sentí cómo ardían los ángeles por el olor a vuelo quemado.
Me duele, pues, esta convocatoria inofensiva, esta novia de blanco,
esta mirada que cruzo con mi madre muerta,
esta espina que corre por la voz, estas ganas de reír y llorar a mansalva,
y el trabajo de ustedes, los constructores de la nueva ciudad,
los sacerdotes de las nuevas costumbres, los muertos del futuro.

Me duele la pulcritud inútil, la voluntad académica,
la cortesía de los ciegos,
la caricia torva como una virgen insatisfecha.

Mirad las excavaciones de la noche,
escuchen a Lázaro conversando con sus sepultureros, mostrándoles su a-[nillo de compromiso con la Divinidad.
Vean a Lázaro en el restaurant y en el tranvía,
en el ataúd y en el puente, en el animal y en su plato de carne.

Sí, me duele este atardecer,
esta boca de sol y de verano.

José Carlos Becerra, 'Relación de los hechos' (1967)

2 comentarios:

  1. Hola Mai, buenos días

    Estaba buscando y no sabía qué iba a hacer aquí, pero encontré algo. Estaba leyendo para despertar un poco, y desperté de más. No escucho música porque mi tío tiene puesta la suya, pero sobre todo para no equivocarme en lo que escriba. Ayer lavé algo de ropa y hoy todavía se están secando algunas prendas, menos de la mitad; las más pesadas. Amaneció soleado. Don Felipe dijo que el librero estará listo esta semana. Soñé con alguien y al despertar (todavía algo enamorado) descubrí que esa persona era otra persona. Claro que era la primera, se llamaba igual: era la primera; pero al despertar supe quién era, lo supe, aunque en el sueño no hubiera equívoco. Eso fue hace muchas horas. Vamos a lo que vine.

    _ _ _

    Jaja, ya había acabado, lo juro, y acabo de borrarlo todo porque estaba muy intenso. Intenso es una palabra que he aprendido de mis primas, es decir, he aprendido a usarla con sorna como ellas [y mucha otra gente en la ciudad] lo hacen. El poema de Becerra estaba muy intenso, es decir, creo que hubiera sido confuso para vos qué habría querido decir yo al transcribirlo aquí. Por eso lo borré y mejor el que sigue, sí, el otro era muy extraño. Perdona, el que viene es mucho más largo. Pero es intenso en el sentido verdadero y justo de esa palabra inquieta.
    _ _ _


    [Esta cosa me pide que divida el mensaje en dos partes, y no voy a dejar el poema a la mitad, ni quiero suprimir lo que antecede. Que sean dos, entonces.]

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  2. BASTA CERRAR LOS LABIOS

    Para morir como una lámpara desde la madrugada,
    como el rescoldo de una brisa tersa;
    para morir, para suministrarnos
    la mano venidera del olvido;
    basta decirle no al día de mañana,
    basta ensayar los labios en un rumor de cera,
    basta beber un vaso de agua
    donde yazga el recuerdo de un ahogado.

    Deja que la mano sea como un guante
    que usa el corazón para tocar el brazo
    o el alba de una novia entristecida.
    Deja que la mano sea como un campo
    donde el aire trasciende con humedad de pelo.

    El otoño se despierta en mi pecho y se sacude las plumas
    como pájaro caído fuera de la redondez de su canto.
    El otoño se desbanda por mi pecho
    como un viento vetado de árboles.

    ¿Quién me pone en los labios
    un color de palabras donde se siente el peso de la noche?

    A veces hay algo en las palabras que se dicen,
    en aquellas que llevan del labio ansiosa vida,
    aquellas que sollozan el paisaje
    y respiran la cal de otra garganta;
    que es como ponerse de codos a pensar
    sobre el pretil de una tristeza antigua.

    Hay playas
    donde la mar resuena como carne,
    como el golpe de un cuerpo que de pronto ha llorado.
    Hay lágrimas y juntos, estuarios
    donde amarran los peces su oceanía desmedida,
    y hay ríos donde la tierra llega al mar
    insepulta en sus sueños imposibles.

    Sufro. Sufro de esa moneda
    que redondea la mano inútilmente.
    Sufro como sentir pequeña espina
    en la mirada fija de las lágrimas.
    Sufro la cañamiel de una canción muy tonta.
    Sufro el esparcimiento de una muerte insepulta.
    Sufro la profundidad de los ríos
    donde la noche tienta a los ahogados.

    Paso los ojos
    por la luz poco oída de una estrella.
    Paso los labios por las palabras de un día,
    donde el silencio crece como yedra.

    Para morir, para cesar los labios,
    para olvidar de pronto la forma de la tierra
    y salir para siempre de la asunción del mar;
    no es necesario el traje de los condenados
    ni la ceniza de los aturdidos.
    No es necesaria la cama de los enfermos
    ni el campo de batalla ya después, en el silencio.

    Basta un anuncio de hojas de afeitar,
    basta la prosperidad de un gerente,
    basta un tranvía equivocado.

    Es arrojada la noche a la costa de nuestro pecho
    por un oleaje de luces.
    Hay un poco de acero turbado en una mano.
    Hay un niño sin ojos moviéndose en los ojos.

    Entonces ¿cómo tomar la luna?
    ¿Con qué mano o qué lágrima
    tocar la luz donde unos labios ceden a la noche?

    La respiración suena como pisar hojas secas.
    El bosque es tan profundo que la manos no se encuentran
    Puedo silbar para espantar mi miedo,
    para que me oigas yacer en un claro del bosque
    cuando en realidad sólo hay claro en tus ojos.

    Palabras y miradas transbordando ataúdes.
    De ataúdes de niños
    a negros ataúdes con barbas de abuelo.

    A veces la noche
    crece como la barba de un dios desconocido.

    Cerrar los labios es quedarse a solas.
    Puedes mover el frío entre tus dientes.
    Puedes ver en un cuello la pasión de la tarde.
    La mano puede confiarse al frío sin darse cuenta.


    José Carlos Becerra, 'Los muelles', 1964




    leha

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